Merecía la pena esperar
- 9 sept 2017
- 2 min de lectura
La esperanza se vistió de largo aquella tarde que Alberto le pidió a Juana que se casara con él; Juana dijo que si y Marcelo supo que ya podía dejar este mundo tranquilo e irse al otro, en busca de Ana; eran muchos años sin su mujer y estaba muy cansado de arrastrar la vida tras él.
Así que mientras los novios preparaban todos los asuntos que parecen ahora tan importantes a la hora del casorio; buscar la iglesia, el salón de bodas, el menú del convite, las fotos y toda esa liturgia pagana; Marcelo se encargaba de preparar los suyos.
El día de la boda llevó a su hija al altar, se había puesto de punta en blanco, hasta estrenaba un traje azul marino que su hija se había empeñado en comprarle. La llevaba del brazo orgulloso, como el que pasea su mejor joya y allí, frente al altar, se la entregó a Alberto porque sabía que la iba a cuidar y que la iba a querer.
Durante la fiesta saludó a todos los que habían venido, familiares y amigos, a todos les agradeció que estuvieran allí con él. Bailó con su hija y se despidió de ella con un beso en la frente, se retiró a un rincón del jardín desde donde se veía la carpa donde los invitados bailaban; se sentó en una butaca y se quedó dormido para siempre; ya nunca más pudieron despertarle.
Ahora, algunas tardes, después de haber terminado los quehaceres propios de las almas que están en el paraíso, que no son pocos, se acerca con su Ana cogida del brazo hasta El Balcón de los Vivos para ver pasar ante sus ojos a Juana de la mano de Alberto, paseando por la calle Mayor; Juana está muy guapa, algo cansada, los ocho meses de embarazo le pesan lo suyo y la hacen andar despacio.
Mira a Ana y ve que le sonríe mientras le dice:
—¿Ves, cabeza dura, te das cuenta ahora porqué merecía la pena esperar?









Comentarios